Hay algo que nadie te cuenta cuando decides dejar la ciudad y venirse a vivir al campo.
No es el silencio.
No es el frío.
Y desde luego no es esa idea romántica de la “vida sencilla” que tanta gente imagina.
Es la cocina.
En una casa como esta todo acaba pasando ahí, aunque no lo hayas planeado.
Cuando vivía en Valencia tenía una cocina muy buena. Demasiado buena, probablemente. Electrodomésticos de acero, encimeras de granito perfectamente pulidas, luces bajo los armarios. De esas cocinas que en una revista quedarían estupendas en una foto.
El problema es que casi no la usaba.
La mayoría de los días salía temprano y volvía tarde. Entre una cosa y otra comía fuera. Bares, restaurantes, un bocadillo rápido cerca del juzgado. Treinta años trabajando como abogado hacen eso. La comida se convierte en algo que solucionas rápido antes de volver al siguiente problema.
Esta cocina no tiene nada que ver con aquella.
El techo es lo bastante bajo como para que la gente alta se agache un poco sin darse cuenta. Las vigas están oscuras por el humo de muchos años. Hay una mesa de madera pesada que debe pesar lo mismo que un coche pequeño, y el suelo de piedra tiene una ligera inclinación que hace que alguna silla cojee si no te sientas en la pata correcta.
En invierno lo primero que haces por la mañana es encender el fuego.
No porque sea especialmente romántico, sino porque si no lo haces la casa tarda horas en calentarse. Las paredes de piedra guardan el frío de la noche como si fueran una nevera.
Así que enciendes la estufa, pones café y esperas a que el calor empiece a moverse por la habitación.
Más o menos en ese momento la cocina empieza a despertarse.
Se corta pan.
Alguien abre un trozo de queso.
Aparecen huevos de las gallinas de fuera.
A veces hay un guiso del día anterior que se recalienta y mejora un poco con ajo o aceite de oliva.
Empiezas el día de pie, apoyado en la mesa, sin haber decidido realmente desayunar pero haciéndolo igualmente.
Hace unos meses caí en uno de esos agujeros de internet y terminé mirando A Place in Jávea.
Simple curiosidad. Las casas junto al mar siempre se ven bien en las fotos. Paredes blancas, cielo azul, terrazas mirando al Mediterráneo. Todo muy luminoso.
Durante un momento imaginé cómo sería vivir allí. Bajar a la playa por la mañana, tomar café en una terraza al sol, ese tipo de cosas.
Luego levanté la vista.
El fuego crepitaba.
La cocina olía ligeramente a humo de leña y café.
Mi mujer estaba amasando pan en la mesa con harina por todas partes.
Es curioso lo rápido que se evaporan ciertas fantasías cuando el lugar donde estás ya se siente como casa.
Esa misma tarde pasó un vecino a devolver una herramienta que me había pedido prestada. Se sentó cinco minutos y se quedó casi dos horas, lo cual aquí es bastante normal. En algún momento apareció una botella de vino y alguien puso una sartén pequeña al fuego con ajo y aceite.
Al caer la tarde había cuatro personas alrededor de la mesa y nadie recordaba muy bien cómo había ocurrido.
En Valencia esto nunca pasaba.
La gente venía a casa, sí, pero todo estaba organizado. Se planeaba la cena, se ponía la mesa, primero se limpiaba la cocina para que pareciera presentable.
Aquí la cocina casi nunca está del todo ordenada y a nadie parece importarle.
Siempre hay un cuchillo en la mesa, o un trozo de pan envuelto en papel, o una olla calentándose despacio mientras alguien cuenta una historia que dura más de lo necesario.
A veces vienen amigos de la ciudad y siempre dicen lo mismo.
Qué sitio más auténtico.
Sé lo que quieren decir, pero la palabra siempre me resulta un poco rara. Vivir aquí no se siente especialmente auténtico. La mayor parte del tiempo simplemente se siente normal, solo que más despacio y a veces más frío.
La semana pasada estábamos sentados en la cocina bastante tarde después de cenar. El fuego ya estaba en ese punto tranquilo en el que la madera es casi toda brasa y solo se oye moverse de vez en cuando.
Alguien había dejado el pan en el horno demasiado tiempo.
La base estaba un poco quemada.
Nos lo comimos igual.